Cuando tenía 6 años, siempre quise comenzar a escribir un diario
por el mero hecho de la ilusión que me suponía hacerlo. Cada vez que empezaba
uno, al día siguiente lo dejaba y así hasta que me regalaran otro por mi
cumpleaños al año siguiente: Escribía todo lo bien que había ido mi cumpleaños
y así se quedaba el diario, muerto de risa esperando a que años más tarde lo
encontrara y pensase que alguna vez fui feliz.
Ahora escribo este diario por una simple necesidad. La simple
necesidad de creer ser escuchada o leída, aunque sea por mí misma.
Creo que una buena forma de comenzar mi diario es empezar desde el
principio de los tiempos; porque a mí me gusta dar explicaciones, me gusta
hablar y dar todo con pelos y señales, pero todo esto cambia una vez que no hay
nadie que me quiera escuchar. Supongo que por esta razón soy la chica callada,
antisocial, que todos los fines de semana se queda encerrada en su cuarto
jugando a la PlayStation3
o durmiendo, completamente sola, sí, eso soy yo. Soy la típica chica simpática
que a todo el mundo le suele agradar pero en realidad, nadie quiere estar con
ella. No soy la típica chica popular y supongo que eso no me facilita para
nada.
Todo empezó en la primaria, a la edad de 8 años creo, sufría
bullying por parte de bastante gente y lo único que me hacía feliz era mi
familia. Gracias a ella me mantenía a flote, digamos. Ese mismo año perdí el
apetito, las ganas de comer, la confianza en mi misma y con el paso del tiempo,
a la edad de 10 años, se confirmó lo que me ocurría: Era anoréxica. Mis padres
nunca lo supieron, pero no estaba contenta con mi cuerpo; bueno, con mi cuerpo
y con nada. Cada vez que comía y mis padres se iban a trabajar, me encerraba en
el baño, me sentaba en la alfombrilla en frente de la bañera y del váter, metía
mis dos dedos índice y corazón en mi garganta y me provocaba un vómito
simplemente para expulsar la comida que había almorzado y no engordar. Luego,
tiraba de la cadena, me duchaba para despejarme un poco y me quedaba tranquila
porque ese era mi día a día. Ahora, cualquiera que escuche o lea esto, pensará
que estaba pirada.
Pero realmente nadie puede saber como alguien se siente, sin
haberlo sentido.
El mismo año que todo eso ocurrió, yo era una persona totalmente
distinta, y no sólo en el sentido de mi enfermedad psicológica, sino también,
en que me había adentrado en un mundo totalmente diferente, había descubierto
otras cosas que me mantenían viva: La lectura y el buen rock. Descubrí los
grupos de Paramore, Simple Plan, Sum 41, Nirvana, Sleeping with sirens, Imagine
Dragons y un grandísimo etcétera.
A la edad
de 11 años nos mudamos, y mi vida fue involucrada en un gran cambio. Mi prima,
de un año menor que yo, era mi vecina todos los veranos, era francesa y
simplemente, era mi mejor amiga. Ahora que nos mudábamos no sería fácil verla
todos los días de verano e ir a comprar pipas a la tienda de la esquina y sólo
chuparlas por la pereza que nos daba quitarle la cáscara. Suponía que la iba a
seguir viendo pero nada sería igual. Pero me equivoqué, una vez que me fui
sollozando de aquella casa en la que me había criado, mis padres nunca me
llevaron a ver a “mi prima la francesa” que es así como ahora todos la
conocemos. Separarme de ella fue lo peor que me pudo ocurrir en aquel momento,
para qué nos vamos a engañar. Pero a pesar de que fue lo peor, había otro
problema que no se quedaba atrás; bueno, realmente no era mi problema, pues
siempre me pedían que no me metiese en estos asuntos, pero yo soy así, mi
conciencia no se quedaba tranquila. El problema era mi padre, que había estado
diagnosticado por tener la tensión tan alta que habría podido morir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario